sábado, 3 de noviembre de 2012

El poder intoxica tanto que termina afectando al juicio de los dirigentes .



La hibris o hubris (en griego antiguo ὕϐρις hýbris) es un concepto griego que puede traducirse como ‘desmesura’, se aplicaba en Grecia al héroe que lograba la gloria y "borracho" de éxito se comportaba como un Dios, creyéndose capaz de cualquier cosa. Como reza el famoso proverbio antiguo, «Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco.»

El historiador británico Arnold J. Toynbee, en su voluminoso Estudio de la Historia, utiliza el concepto de hubris para explicar una posible causa del colapso de las civilizaciones, como variante activa de la némesis de la creatividad.
 "Las presiones y la responsabilidad que conlleva el poder termina afectando a la mente", explica el neurólogo y político Ingles Lord Owen, que ha recogido en su libro 'In Sickness and in Power' ('En la enfermedad y en el poder') las conclusiones de seis años de estudio del cerebro de los líderes políticos.
"El poder intoxica tanto que termina afectando al juicio de los dirigentes", afirma.
 El psiquiatra Manuel Franco jefe de Servicio del Complejo Asistencial de Zamora, explica lo que pasa con los líderes políticos. así lo que ocurre con los líderes políticos:"una persona más o menos normal, se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante. Internamente tiene  un principio de duda sobre su capacidad, pero pronto surge la legión de incondicionales que le facilitan y reconocen su valía.
 Poco a poco se transforma y empieza a pensar que está ahí por mérito propio. Todo el mundo quiere saludarlo, hablar con él, recibe halagos de todo tipo. Esta es la primera fase. Pronto da un paso más y entra en la "ideación megalomaníaca", cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituible. Entonces comienzan a realizar  planes estratégicos para veinte años, obras faraónicas, o  a dar conferencias sobre temas que desconocen. Tras un tiempo en el poder, el afectado por este mal, padece lo que sicológicamente se llama "desarrollo paranoide". Todo el que se opone  a él o a sus ideas, es un enemigo personal. Puede llegar incluso a la "paranoia o trastorno delirante" que consiste en "sospechar de todo el mundo" que le haga una mínima crítica, y progresivamente se va aislando de la sociedad. Llega un  momento en que deja de escuchar, se vuelve imprudente, toma decisiones por su cuenta, sin consultar porque cree que sus ideas son correctas. Aunque finalmente se descubra que son erróneas, nunca reconocerá la equivocación. Se siente llamado por el destino a las grandes hazañas (le pasó a Bush y a Blair, cuando no planificaron con detalles cómo reemplazarían a Husein, y no pensaron cómo respondería el ejército iraquí; en la antigüedad otros ejemplos fueron Nerón, Calígula y otros emperadores; en América Latina, saquen conclusiones.....). Dice el Dr. Franco que es difícil tratar este problema,  porque quien lo padece no tiene conciencia de ello.
Yo les propongo un pequeño ejercicio, repasen mentalmente la lista de políticos que han ejercido o ejercen el poder y su actitud antes y después de alcanzarlo, después …saquen sus propias conclusiones.
 los síntomas son fácilmente reconocibles:
Modo mesiánico de comentar los asuntos corrientes y una tendencia a la exaltación.
Un enfoque personal exagerado (yo) tendiente a la omnipotencia.
Agitación, imprudencia e impulsividad.
No son iguales a los demás mortales, se sienten superiores.
En su vida personal se dotan de lujos y excentricidades y tienen una desmedida preocupación por la imagen.
Se rodean de funcionarios mediocres.
El rival debe ser desactivado por cualquier método.
Construyen una red de espías para controlar a oponentes y aún a los de su propio partido.
Terminan cayendo en la trampa de su propia política.
La pérdida del mando o de la popularidad, los lleva a la desolación, la rabia y el rencor.
Publicado por Barrio de Génova, en Palma de Mallorca.
Extraído de la red.

SINDROME DE HUBRIS Y NEMESIS, ENFERMEDAD POLITICA Y PODER


Por la Dra. Graciela María Espinoza
Como dijo Eurípides: “Aquél a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”.
El poder intoxica tanto que termina afectando la salud y/o el juicio de los dirigentes políticos.
Las presiones y la responsabilidad que conlleva el poder termina afectando a la mente [1]

Llega un momento en que quienes gobiernan dejan de escuchar, se vuelven irreflexivos y toman decisiones por su cuenta, sin consultar, porque piensan que sus ideas son las correctas.
Por eso, aunque finalmente se demuestren erróneas, nunca reconocerán la equivocación y seguirán pensando en su buen hacer.
En un ensayo publicado en “Journal The Royal Society Of Medicine”, David Owen, neurólogo,
señala que cuando el poder sube a la cabeza y se sienten llamados por el destino a grandes hazañas, es porque están padeciendo un comportamiento hubrístico.
El “Síndrome de Hubris” o “delirio de los políticos” responde más a una denominación sociológica que propiamente médica, aunque los galenos somos conscientes de los efectos mentales del poder.
Hubris, es un concepto griego que hace referencia al héroe que después de ganar una batalla se emborracha con el éxito y eso le hace perder contacto con la realidad y, por lo tanto, entrar en un huracán de equivocaciones.
En la Antigua Grecia aludía a un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno, unido a la falta de control sobre los propios impulsos, siendo un sentimiento violento inspirado por las pasiones exageradas, consideradas enfermedades por su carácter irracional y
desequilibrado, y más concretamente por Ate (la furia o el orgullo).
En la mitología griega, Némesis que es la diosa de la justicia retributiva y la venganza, contraataca.
¿Cómo se desarrolla el síndrome de Hubris?
Cuando una persona más o menos normal entra a la vida política y de repente alcanza el poder o un cargo importante, internamente tiene un principio de duda sobre si realmente tiene capacidad para ello.
Al principio la inseguridad lo llena de ansiedad para no fracasar y pone el mayor esfuerzo para hacer las cosas bien.

 Pero pronto surge la legión de incondicionales que le felicitan
y reconocen su valía. Poco a poco, la primera duda sobre su capacidad se transforma y
empieza a pensar que está ahí por méritos propios.
Todo el mundo lo adula, quiere saludarle, hablar con él, recibe halagos de belleza,
inteligencia…
Esta es sólo una primera fase. Pronto se da un paso “más” en el que ya no se le dice lo que
hace bien, sino que menos mal que estaba allí para solucionarlo y es entonces cuando se
entra en la ideación megalómana, cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse
insustituibles. Es entonces cuando los políticos dan el paso en falso, algunos quieren la
reelección indefinida, otros comienzan a realizar planes estratégicos irrealizables, que
abarquen varios mandatos, como si ellos fueran a estar todo ese tiempo, otros inauguran
obras faraónicas imaginarias, manejan la prensa, la publicidad y hasta pueden dar
conferencias sobre temas que desconocen.
Pero no queda aquí la cosa.
Tras un tiempo en el poder, los afectados por el Hubris padecen lo que psicopatológicamente
se llama desarrollo paranoide.
Todo el que se opone a él o a sus ideas, son enemigos personales, desestabilizadores, que
responden a apetencias personales. Puede llegar incluso al “desarrollo paranoide de
persecución”, que consiste en sospechar de todo el mundo que le haga una mínima crítica y,
progresivamente, aislarse más de la sociedad.
Se vuelven herméticos e infranqueables ante la desconfianza, se encierran cada vez más. Se
colocan una pesada armadura que los preserva de los cascotazos de la realidad, pero que los
convierte casi en autistas políticos. Sólo los detiene una gran derrota.
Es entonces que como castigo aparece Némesis, que devuelve a la persona de un batacazo a la realidad a través del fracaso. Intentan remontar la popularidad y recuperar el prestigio
que se lo llevó la soberbia, pero están tan solos con el poder y desarrollan un intenso
estrés, que los llena de ansiedad y enferman.
Y, así, prosiguen acumulando un sinnúmero de equivocaciones, hasta el cese de mandato o
pérdida de las elecciones. Es entonces que aparecen las enfermedades del poder: Estrés,
depresión, hemorragias digestivas, infarto, accidentes isquémicos cerebrales, etc., ante una situación que no alcanzan a comprender y que ya no pueden controlar.
En nuestro país el síndrome de Hubris se ha transformado en una epidemia.
Entristece mucho la manera en que pulverizan los mejores cuadros políticos y técnicos
porque son independientes.

 Los consumen como cigarrillos.
 En un instante los convierten en humo y tiran la colilla a la basura.
Así, los mejores hombres son reemplazados por los más sumisos. 
Aquellos que se atreven a opinar, a expresar una idea discrepante, poco a poco se van convirtiendo en peones incómodos que se van alejando del núcleo duro del dirigente afectado por el síndrome.
Si conocen algunas personas en la cercanía del poder que presenten alguno de los síntomas que se mencionan: exagerada confianza en sí mismos, desprecio por los consejos de quienes lo rodean y alejamiento progresivo de la realidad, coméntenle que están padeciendo el síndrome de Hubris y anticípenle que el poder es un bien que circula, nadie es su titular, que no queda en manos de nadie, y que cambia de dueño fácilmente.
Notas[1] “En la enfermedad y en el poder”, David Owen presenta las conclusiones de seis años de estudio del cerebro de los líderes políticos. 
La ventaja de Lord Owen es que además
de ser neurólogo fue ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra y fundó el Partido Social Demócrata luego de emigrar al laborismo.
Michel Foucault.

 Un diálogo sobre el poder Ed. Alianza. Madrid 1981
Nota: “Sueña el Rey, que es Rey y vive/ con ese engaño mandando, /disponiendo y gobernando/ y el aplauso que recibe, / postrado en el viento escribe / y en cenizas lo convierte;
¡La muerte!
Desdicha fuerte
Es que hay quien intente gobernar, sabiendo que ha de despertar.
¿En el Sueño de la muerte?”
Publicadas por Guillermo Reyna Allan 
Extraído de la red

 

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