lunes, 9 de septiembre de 2013

El amor imposible de Ginebra de Benci

                                                                        




Retrato de Ginebra de Benci', atribuido a Leonardo da Vinci | Crédito: Wikipedia.


De estas historias ya no se dan, al menos no pasan frente a nuestros ojos, 
será que ocurren todavía?... como dicen en Chiapas.
 "Al saber", o que es lo mismo que "No lo sé"...

Por Javier García.

Muchas de las grandes obras de arte siempre relatan historias que merecen ser contadas. A veces lo hacen mediante un lenguaje directo, pero a menudo sólo quienes poseen todas las “claves” son capaces de entender el mensaje que transmiten a través de sus pinceladas.

Eso es, precisamente, lo que parece ocurrir con el ‘Retrato de Ginebra de Benci’, una pequeña pintura atribuida al genial Leonardo da Vinci , hoy expuesta en la National Gallery de Washington. Si en la obra maestra del artista florentino –la Mona Lisa– su protagonista nos cautiva con esa ¿sonrisa? enigmática, en este caso es la más que evidente melancolía de la retratada –y su mirada perdida– la que genera mil y un interrogantes.

¿Quién fue esta joven? ¿Y qué oscuros pensamientos –capturados con la maestría habitual del florentino– atribulaban su alma?

Sabemos que Ginebra de Benci era hija de un poderoso banquero florentino, ella destacó por su inteligencia, su belleza y sus dotes para la poesía, lo que le valió la admiración de muchos de sus contemporáneos, entre ellos Lorenzo de Medici.

Gracias a su privilegiada posición social, Ginebra tuvo la ocasión de participar desde niña en los ambientes artísticos y filosóficos de su tiempo, lo que en Florencia y en aquellos años suponía relacionarse con los miembros de la Academia platónica, como Ficino, o con poetas de la talla de Poliziano.

Por desgracia para ella, ni siquiera aquel ambiente de cultura la libró de las convenciones de la época, y cuando tenía sólo 16 años fue casada con el comerciante Luigi di Bernardo Niccolini.

En aquellos años era habitual que las damas de la nobleza o la burguesía fueran retratadas con motivo de su boda, y esta podría ser la razón de que se encargara a Leonardo este retrato de la joven, que los historiadores han datado en torno a 1474-78.
                                                             


El embajador Bernardo Bembo, por Hans Memling | Crédito: Wikipedia.

Sin embargo, hay otra posibilidad. En aquellos años un veneciano, el embajador Bernardo Bembo, recaló en Florencia para ejercer sus labores diplomáticas. Bembo no tardó en quedar seducido por la belleza y la inteligencia de la jovencísima Ginebra, y pronto surgió entre ellos un romance platónico.
 El embajador veneciano estaba casado y tenía hijos, de modo que el suyo era un amor prohibido, pero eso no les impidió manifestar sus sentimientos por medio de poemas. Y, posiblemente, también a través de la pintura realizada por Leonardo.
 En el retrato, además de la citada melancolía de la joven, vemos que el pintor florentino retrató a Ginebra con un enebro a sus espaldas. En italiano, enebro se escribe “ginepro”, una similitud con el nombre de pila que los artistas aprovecharon en ocasiones, pintando a damas de ese nombre acompañadas de dicho árbol.
 Sin embargo, el enebro también se empleaba como símbolo de dolor, pena y sufrimiento, razón por la cual se usó también en retratos de viudas. En el caso de la joven florentina, es posible que Leonardo la retratara con el enebro a sus espaldas por ambas razones: por la analogía con su nombre, y por el dolor que la embargaba debido a su amor imposible.
 Reverso del retrato de Ginebra de Benci | Crédito: Wikipedia.

 Estos detalles (y otros que comentaremos a continuación), han hecho pensar a los investigadores que quizá la pintura –que fue recortada en algún momento por su parte inferior– no se realizó con motivo de la boda de la joven con Luigi di Nicolini, sino que fue su amado Bembo quien la encargó a Leonardo como símbolo de su amor.


A favor de esa hipótesis, además de lo ya comentado, se han encontrado varias evidencias en la pintura. La primera de ellas se encuentra en el reverso de la tabla, en la que Leonardo pintó un motivo vegetal –un laurel y una palma–, acompañado de un lema latino: “Virtutem forma decorat”.

Precisamente, el laurel y la palma eran símbolos presentes en el escudo de Bernardo Bembo, mientras que la frase en latín, que significa “La belleza adorna a la virtud”, parece más que apropiada para un admirador, al tiempo que aludía a la castidad de su amor platónico nunca materializado.

La segunda evidencia apareció ante los ojos de los estudiosos gracias al análisis de la tabla mediante un examen de imagen mediante infrarrojos. Bajo la joven, Leonardo había pintado originalmente las palabras “virtud y honor”, que curiosamente formaban parte del lema personal de Bembo.

El embajador y la joven florentina nunca pudieron dar rienda suelta a su pasión. Tras varios años en Florencia, Bembo partió a un nuevo destino para cumplir su cometido diplomático. Ella, al parecer, acabó retirándose de la vida pública.

El suyo era un amor imposible, condenado al fracaso, pero llegó hasta nosotros en forma de bellos poemas y de un cautivador retrato: el que Leonardo da Vinci ejecutó con su habitual maestría, ocultando en los detalles el sentimiento que incendiaba sus corazones.
                                                          
                                    Gracias Ándres Sánchez por compartir.
                                            Un abrazo.
                                                                         







 


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